Lo que suena en mi cabeza


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Jan 11, 2012
@ 9:41 am
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Diccionario de la vida en sociedad. Por: Rafael Osío Cabrices

Venezuela es hoy como el radiador de un carro recalentado,
que no ha dejado de expulsar vapor y ardores desde que le soltaron la tapa hace unos años.

Pero en algún momento ese radiador se habrá enfriado lo suficiente como para verter en él agua fresca, sin que ésta se evapore de inmediato y se desperdicie.

En algún momento, que yo no sé si llegará en 2012, 2013 o más adelante, se producirán las condiciones mínimas para que este país vuelva a ser relativamente gobernable. Por el momento, parece haber demasiada histeria, ruido, miedo y desconfianza para que siquiera queramos escucharnos los unos a los otros. Pero no estaremos siempre así: más tarde o más temprano, se extenderá entre la mayoría de nosotros el deseo de vivir en una sociedad normal, la necesidad de despegarnos de las agobiantes presiones de la mera supervivencia, el proyecto de desprendernos de la conducta compulsiva de vivir como si no hubiera un mañana.

Pero sí hay un mañana, siempre lo hay, y por muy graves que sean los daños siempre se podrá empezar a reconstruir las cosas. Cuando llegue ese momento, en que haya gente capaz de liderar esa reconstrucción y de reemplazar la política del insulto por la de la colaboración, los venezolanos tendremos que levantar un nuevo país desde los cimientos. Esas bases tienen que montarse con claridad y con consenso, así que tendremos que saber o al menos tener una idea mínima común de qué sociedad necesitamos, cómo vamos a convivir juntos dentro de este casi millón de kilómetros cuadrados.

Necesitamos un nuevo diccionario básico ciudadano para reiniciar, resetear, relanzar este proyecto más o menos inconcluso que llamamos Venezuela.

Un nuevo diccionario que nos provea las definiciones elementales que todos o casi todos deberíamos compartir. Un glosario que nos explique que la democracia no es solo ir a votar cada tantos años si uno quiere, sino algo mucho más rico, complejo y exigente, que con todas sus frustraciones es sin duda preferible a su ausencia o su adelgazamiento.

Que nos diga que la ley se debe hacer ante la sociedad, no a espaldas de ella, porque es para que la sociedad esté mejor y se administre de la mejor manera que en esa época se nos pueda ocurrir, conciliando en la medida de lo posible los distintos intereses de cada grupo que la compone, y que por tanto la ley es algo que no es útil, no un enemigo al que hay sacarle el cuerpo todo el tiempo.

A esa entrada de “ley” en ese diccionario habría que asociarle muchas otras, como la de los “derechos”, que deben defenderse y que son limitados; como la de los “deberes”, que deben ejercerse y que también son limitados. Se nos debe explicar para qué son en verdad los tribunales y los parlamentos.

Hay en Venezuela gente capaz de redactar ese diccionario y difundirlo entre nosotros, y es urgente que lo haga, porque nos hemos olvidado, al parecer, de las nociones más elementales sobre las que intentan funcionar las sociedades. Aquí hay conceptos como “libertad”, “justicia”, “Estado”, “gobierno”, “propiedad”, “trabajo” o “responsabilidad” que nunca han sido muy sólidos en esta parte del mundo, pero que en nuestra época se han confundido por completo, hasta el punto de que abunda quien los entiende al revés de lo que en realidad significan. Este país hay que recomponerlo. Entre lo mucho que hay que hacer, podemos empezar por las palabras esenciales que lo hacen posible.