Es un hecho
Mis alumnos me odian porque les corrijo sus errores ortográficos
:)
Mis alumnos me odian porque les corrijo sus errores ortográficos
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No hay tanto problema en leer a Coelho, como creerse culto por hacerlo.
No soy yo sola…
montixx
NO TE VEO EN LINEA!
te compro $40 de tu cupo electrónico… para pagar mis envíos rebotados gracias a las intervenciones bancarias
¿te apiadas de mi?
El banco Bolívar fue intervenido
A través de ese banco hago mis compras en Amazon y pago los envíos
Como el banco fue intervenido no podré pagar más NADA
Mis envíos quedaron flotando.
TODO gracias al Socialismo del Siglo XXI
:)
No me gustan los juegos de beber alcohol, llamese cultura chupistica, el asesino, orgasmo, domino de “el que pase toma”.
¿POR QUE LA PENITENCIA ES BEBER?
BEBER ES EL WIN MISMO!!!
por eso yo siempre me paso de pajuo, pierdo a proposito y digo “HAY MIRA QUE COSAS! COÑO PERDI… HAY ME TOCA BEBER! MALDITA SEA MI VIDA! NO POR FAVOR NO ME HAGAN BEBER TODA LA BOTELLA DE UNA!”
Juegos para beber asi= big fail
Beber just because = outsanding win
Detesto esos “juegos”
Tengo la impresión de que escucho con cada vez más frecuencia la palabra búnker. Lo mismo me pasa con oasis, con refugio, con burbuja. Yo mismo las estoy usando mucho, para describir sitios que conozco, pero también para definir un momento y hasta una forma de vida que se va haciendo cada vez más común. Una vida de covacha en covacha, en la que uno se desplaza con la cabeza agachada, lo más rápido posible, muerto de miedo o de vergüenza, sólo a lugares en los que se sienta protegido, salvo cuando no haya más remedio. Una vida en la que la intemperie en un país celebrado por su luz y por su clima es algo de lo que hay que huir, porque está llena de peligros.
Búnker no es una palabra luminosa. Alemana, militar, designa lo que se construye para resistir balas y bombas. Pero también puede nombrar una fantasía. Incluso una necesidad. Hay quien puede decidir organizar su vida aquí, en Venezuela, en este momento, para vivir así, dentro de un búnker. Encerrar todo lo que ama y necesita en un lugar blindado.
Un apartamento con aire acondicionado y ventanas antirruidos, repleto de libros y de películas, con imprescindible conexión a Internet y una buena despensa. Una casa en la ciudad, con muros altos y un perro atento, que cuente con un pequeño jardín interior para darle un vistazo al cielo de vez en cuando. O una casa fuera de la ciudad, amparada por cercas y por árboles, en la que la lejanía y la vulnerabilidad de estar lejos de médicos o bomberos sea compensada por el escasísimo lujo del silencio.
Uno tiene derecho a optar por ese búnker. Ne- garse siempre en la medida de lo posible, por supuesto al mall, al tráfico infernal, al maltrato en la agencia bancaria o la oficina pública. Escapar del insulto en la calle, del abuso cotidiano. Uno puede, si quiere, tomar decisiones difíciles pero factibles, y buscarse el modo de ganarse la vida sin salir de casa salvo para lo inevitable. Y quedarse allá adentro hasta que mejoren las cosas afuera (cosa que pasará algún día). Hasta que se pueda salir a la calle sin miedo. Hasta que ceda la radiactividad de la violencia y el aire de este país pueda ser de nuevo respirable.
En mi opinión, uno tiene el derecho de emprender ese camino hacia adentro. Las cosas aquí no están nada fáciles, y es comprensible que alguien quiera apartarse de sus peores efectos, y que se rehúse también a ser uno más de los cómplices. No estoy hablando de política. Estoy hablando de la convivencia, de la ley, del trato de los unos con los otros, de la idea cotidiana de lo que es una persona.
Sí, el búnker el oasis, el refugio es una opción válida. Pero cómo despedirse del olor de El Ávila luego de la lluvia, de los sapitos de la noche o del caminar por la orilla del mar a las siete de la mañana. Cómo vivir sin el incomparable ambiente de una sala de cine, con sus olores y su oscuridad acogedora. O sin manejar por una avenida iluminada mientras se escucha en el carro a Ulises Hadjis o a U2.
Será inevitable una negociación con uno mismo (con el entorno no se puede conciliar ni conversar nada); las cosas son como son, nos guste o no, y lo único que uno puede hacer es evaluarlas y tomar posición. Mi punto es que uno tiene derecho a decidir, a hacerse su búnker y meterse ahí con quienes quiere, derecho a salvarse y a proteger la civilización como una flor de invernadero, en espera del fin del invierno.